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lunes, 17 de agosto de 2015

Archivos en fuga: Entrevista a Kevin Shields


Kevin Shields
Entrevista Los Inrockuptibles
Publicada en mayo del 2008 (original 1991)
Por: Bates & Beauvallet

Veinte años después del comienzo de una carrera tan fugaz como significativa -en la que dejarían como legado dos álbumes y varios simples, para desaparecer de manera repentina- My Bloody Valentine volvía a reunirse: en 2008 se embarcaban en una gira mundial que los traía de vuelta al ruedo (y al ruido). Aquí, una vieja entrevista con Kevin Shields, líder de la banda, cuando mostraban Loveless, paradigma del rock de los noventa.

Kevin Shields: Siempre tuve una obsesión que me cautivó totalmente. Durante años, solo me interesaban las artes marciales. Entre los catorce y los dieciséis años me sumergí por completo en las filosofías de estas disciplinas. A esa edad, uno busca todavía su propia voz. Gracias a las artes marciales, dejé de ser el chico que todos agredían en la escuela. Podía defenderme y no tenía miedo: me dejaban tranquilo por primera vez. Yo no quería golpear a nadie, toda la violencia que dormía en mi fue expulsada. Estaba tan bien que no le deseaba el mal a nadie. Ya no les tenía miedo a los demás, sabía que los podía hacer retroceder sin violencia, impresionándolos con mi calma… A esa edad las diferencias de tamaño pueden ser inmensas, y los más grandes aprovechan para aterrorizar a los más pequeños. Pero yo no retrocedía, tenía tanta confianza en mí que ellos terminaban retrocediendo. Aprendí mucho de esta experiencia. Éramos un grupo de cuatro o cinco, y las artes marciales eran nuestro único tema de conversación. Uno de mis compañeros había empapelado las paredes y el techo de su cuarto con fotos de Bruce Lee. Gracias a eso, yo me volví una persona no violenta, nunca me peleé. Pero, ya de adulto, la violencia comenzó a salir a la superficie. El miedo me había tomado, y reaccioné mal cuando tendría que haber estado calmo. Por el contrario, la violencia está bien en nuestra música. Yo siempre quise que mi guitarra fuera como un animal salvaje. Como pasa con Jimi Hendrix. A veces, uno tiene la impresión de que se le escapa totalmente, que cabalga una bestia furiosa. Admiro ese caos.

¿De donde viene la fascinación por la guitarra como objeto?
Las guitarras son las que hacen la música, mucho más que un teclado. Una linda guitarra te da ganas de tocar. En un sintetizador se siente que se trata de un producto. A todo lo que se produce en masa le falta belleza, le falta alma… Una bella guitarra, de un bello color, te habla, existe por sí misma. Cuando tocas, sientes que tiene vida, que sucede algo. Yo nunca podría componer con una horrible guitarra fabricada en serie. 

My Bloody Valentine era un grupo muy presente en la escena y los medios antes del parate de dos años entre Isn’t Anything y Loveless. ¿Qué sentiste durante ese silencio?
Yo había perdido totalmente ese sentimiento de “competencia”. A veces, el simple hecho de sacar un disco mejor que el de al lado me hacía feliz: amo esa pequeña competencia. Pero durante dos años no me interesó en absoluto, no quería saber nada de lo que estaba pasando. No obstante, tengo la necesidad de sacar discos, tocar en vivo, recibir el feedback del público. Después de dos años de distancia, tenía necesidad de saber, ya que vivíamos replegados sobre nosotros mismos, sin conocer la mínima opinión del exterior.

¿Fue por esa razón que sacaron dos simples durante ese tiempo, para probarle al mundo que seguían ahí?
Cuando salió el ep Glider, pensábamos que el álbum saldría cuatro meses más tarde. Lo mismo sucedió con Tremolo, pensábamos terminar seis meses más tarde, pero no nos habíamos movido.


¿Sentían la necesidad de demostrar que el grupo seguía vivo?
En cierta forma, sí. Igualmente nos permitía no trabajar en el álbum, dejarlo apartado. Tuve que aprender el oficio de ingeniero de sonido cuando estábamos en el estudio, se volvió una necesidad. No quería tener más con ingenieros, nunca nos entienden. Hay que pelearse, y no tiene sentido. En Inglaterra existen tres tipos de estudio: los bien equipados, caros, eficaces, agradables; los podridos, baratos y menos equipados; pero los peores son los estudios “promedio”. Nadie se ocupa del mantenimiento, los técnicos no saben aprovechar los equipos que tienen. Dado el tiempo que nos tomó la grabación del disco, nuestro sello, Creation, prefirió alquilar uno de esos estudios. Nos acusaban de no haber grabado más que las guitarras en seis meses, lo cual era probablemente cierto. El grupo estaba en un círculo vicioso: trabajábamos lento, y por eso nos proporcionaron un estudio en mal estado, lo que contribuyó a que trabajáramos todavía más lentamente. Pero no puedo culparme más que a mí. Si le hubiera prometido a Alan (McGee, dueño de Creation) que grabaríamos todo en un mes, nos habría alquilado un mejor estudio. Pero sé que no se puede contar conmigo.

¿Todos son tan lentos o eres tú el que frena a la banda?
Los seis últimos meses de grabación fueron muy raros… Yo estaba permanentemente en el estudio, muchas veces con Colm, el baterista. Entre los dos podíamos hacer todo, no necesitábamos a nadie. Belinda y Debbie no venían más que cuando tenían ganas. Al principio, no les molestaba. Pero después de un año y medio, se comenzaron a fastidiar

¿No preparas nunca demos de las canciones antes de grabar?
La verdad es que nos malacostumbramos. Siempre evitamos escribir canciones en el estudio. Llegaba con una vaga idea en la cabeza y construíamos de a pedazos. Pensaba que teníamos una receta milagrosa, pero con Loveless no funcionó. Pude encontrar las melodías con la misma facilidad que siempre, pero no sucedió lo mismo con el resto de las cosas. Fuimos de catástrofe en catástrofe. Tendríamos que haber frenado, volver a empezar a partir de las nuevas bases. Pero nos habíamos encaprichado, intentamos superar los obstáculos a la fuerza… Nunca antes habíamos estado en una posición tan crítica. Después Colm se enfermó, no podía tocar más la batería. En lugar de abandonar el estudio por algunos meses, lo forzamos a tocar costara lo que costara… Cuando llegó el momento de grabar guitarras, ya no podía más, estaba quemado y vacío. Pero aun así seguimos avanzando con la cabeza gacha, creyendo que la inspiración tarde o temprano vendría. Sin embargo, en casa encontraba miles de melodías. Me tiraba al piso, agarraba la guitarra y tocaba mirando la televisión. A veces daba con veinticinco melodías por día. Pero en el estudio había que trabajar con seriedad: no podía utilizar esos fragmentos de canciones que componía para entretenerme.

Alguna vez dijiste que querías grabar rápido para no matar la espontaneidad…
Desafortunadamente, lo sigo creyendo. En el futuro, vamos a dedicar meses enteros a trabajar las canciones, para pulirlas y grabarlas a toda velocidad. Por nada del mundo querría volver a pasar tanto tiempo encerrado en el estudio. A lo largo  de los años, nuestro mayor deseo siempre fue no morir de aburrimiento.

¿Por momentos te molestaba que ésa fuera tu forma de ganarte la vida?
Lo habría estado si ganara mucho dinero, si especulara con la mediocridad. Pero todo lo que ganamos lo reinvertimos en el grupo, para mejorarlo. No me interesa ser rico. Todo lo contrario, estoy obsesionado con los estafadores. Veo demasiados grupos explotados, y eso me vuelve loco. Sé que se trata de un viejo cliché, que todo el mundo está de acuerdo, pero hay que estar atentos. Con mi hermana Anne-Marie, que maneja el grupo, somos conocidos como los “puteadores”. Rechazamos las órdenes, es una guerra constante. Por el momento no ganamos ninguna batalla significativa, pero sé que llegará. Tengo una válvula de seguridad: hago hoy lo que me gusta para no tener que escribir de forma comercial para otros grupos cuando sea viejo. Este grupo no existe por ninguna razón en particular justamente por motivos enteramente idealistas.


Se dice que Loveless le costó demasiado dinero a Creation y que el sello nunca lo recuperará.
En realidad el presupuesto que utilizamos es minúsculo para una gran casa de discos. La mayor parte de los discos que uno escucha costó más que el nuestro, hasta cinco veces su precio.

¿No te sientes responsable de la bancarrota del sello?
¿Por qué me sentiría culpable? Si ellos hacen firmar contratos a sus grupos, deben poder soportar las consecuencias. Nadie los obliga a trabajar con grupos caros. De todas formas, estoy seguro de que se recuperará el dinero en los próximos seis meses. Nosotros fuimos el primer grupo que firmó con Creation. Gracias a nosotros, el sello ganó profesionalismo. Antes de nosotros eran amateurs. No quiero citar nombres, pero ciertos grupos que no venderán jamás un disco le costaron más caros que nosotros a Creation. Sobre todo en la música dance. El sello invirtió fortunas que no recuperará jamás. No le debo nada a nadie.

¿Eres posesivo con el grupo?
Hay que ser realistas: soy el que dirige, el que hace de motor. Pero ellos son más concretos que yo, por eso me permiten avanzar. Son más sólidos, más realistas, mis ideas los necesitan. El escenario es mi punto débil. Me siento mejor en el estudio.

Invertiste mucho en Loveless. ¿No tienes miedo de vaciarte totalmente un día?
Eso ocurre desde hace mucho tiempo. Estoy completamente frito, totalmente evaporado. Perdí lo que me daba fuerza desde hace años. No me queda más que el vacío, la frustración… Tuve que escarbar en mi cerebro, no queda nada. Hay que buscar en otra parte, algo se rompió. Hoy soy incapaz de entrar en un estudio y de parir un álbum. La fuente simplemente se agotó… No me interesaba para nada hacer un disco cuando veía la Guerra del Golfo por la tele. Tenía la impresión de perder mi tiempo, todo me parecía irrisorio.

¿Eres naturalmente depresivo?
Bastante… Alrededor mío, todos fueron sacudidos por profundas depresiones. No sé si está ligado a la edad, a la proximidad de los treinta; el caso es que todos vivimos lo mismo.

¿Hay que ver una declaración de principios en títulos tan nihilistas como Isn’t Anything o Loveless?
(Silencio) Tengo realmente miedo de que se conviertan en símbolos de nuestros discos. Desconfío de las profesiones de fe, querría que nuestros títulos fueran lo más transparente posible.


Tus letras se vuelven transparentes entre el montón…
Mis letras son totalmente incoherentes, pero las de Belinda son más precisas, más emocionales. Yo solo escribo frases quebradas, vagas. Si llegaras a leer mis letras, seguramente las encontrarías estúpidas. Si pudiera encontrar palabras que encajaran perfectamente con mi música sería feliz. Me encantaría que las personas les encontraran un sentido, pero no puedo escribir con la facilidad que compongo.

La mayoría de los grandes grupos ganó credibilidad a partir de sus letras. ¿Eso significa algo para tí?
Es verdad, pero existen excepciones… En la mayoría de las bandas que me gustan, las letras son menos importantes que el impacto general, que el efecto final. Mira a los Ramones o a los Beatles por ejemplo. Cuando piensas en ellos, nunca uno se detiene solamente en las letras. No son Dylan, que es célebre por las letras de sus canciones. Quizás también sea el caso de Neil Young. Amo sus canciones, pero prefiero aquellas en las que la melodía está sobre la palabra. Mira a Cocteau Twins: serían mucho más populares si sus letras fueran más accesibles.

Es un poco tu caso: en cuanto una melodía se vuelve evidente, la entierras debajo del ruido…
Puede ser… Sería aburridísimo ser un simple grupo de Pop. Porque toda la magia que encierra la música Pop, eso que nos hace soñar, que nos da ganas de tener un grupo, todo eso está bien muerto. La mayoría de la gente que está en ese medio no merece respeto. Los que generan el dinero -la promoción, el marketing- están controlados por el mercado. Son ellos los que matan el placer… Hay tres razones para hacer música: hacerlo por amor al arte, hacerlo para ganar dinero o hacerlo porque uno tiene la necesidad de recibir cumplidos permanentemente. El último caso es el más triste, ya que sabes que tus fans te amarían más si estuvieras muerto. Nunca es a ti como persona a quien adoran los fans, sino a esa suerte de pantalla en la que ellos se proyectan. Yo no tengo ninguna gana de ser famoso por un grupo. Amo mi vida cotidiana, la gente con la que me encuentro… Nosotros tenemos la suerte de hacer la música que amamos, obtenemos placer dando forma a nuestras ideas. De todas formas también tenemos que jugar el juego del dinero, siendo un grupo totalmente diferente. Silverstone quería que ocupáramos el lugar de los Stone Roses y nos buscó un cantante más carismático que yo. Habían preparado todo, la imagen, el productor, las giras… Solo les faltaba el grupo. Tenían todo pensado para nosotros: el corte de pelo, la ropa, aquello que necesitábamos para alcanzar el éxito. Nunca nos pidieron escribir buenas canciones. Pero nunca quisimos jugar ese juego humillante. ¿Happy Mondays? Su caso es diferente. No los entiendo del todo. Nosotros estuvimos de gira en Francia con ellos, fueron dos conciertos en los que pasaron muchas cosas. Yo tenía la impresión de estar tocando con los Sex Pistols (risas)... Todo el mundo los detesta, pero yo les guardo cariño. Son tan ridículos que me dan ganas de consolarlos como si fueran un osito de peluche entre mis brazos.

Hablando de la gira con los Happy Mondays, ¿piensas que se puede hacer una buena mezcla entre el rock y la música dance?
Con los Mondays nunca perdimos el contacto. En su primer concierto en Londres estaban últimos en el afiche, nosotros segundos y encabezaba Loop. Fue una sala minúscula. En esa época me sonaban medios quedados, como un grupo Factory de comienzos de los ochenta. Y después me empezó a gustar la música Dance, gracias al Hip Hop. Siempre detesté la música Dance, me parecía algo horroroso, falso y vacío. El Hip Hop, en cambio, estaba muy lejos de esa imagen; era realmente una música nueva, experimental, pujante y honesta. Y cuando volví a ver a los Happy Mondays eran prisioneros de su estilo, de su groove. Yo no quiero limitarme, quiero mezclar las cosas que me gustan. 

¿Te llega físicamente escuchar el Rock ruidoso de los Butthole Surfers o de Dinosaur Jr.?
Sí, pero el Hip Hop es una música que se puede escuchar en una casa, todo lo contrario al House. Aun estando inmóvil conserva su fuerza. Lo mismo que Dinosaur Jr. Te puedes conformar solo con escuchar sus discos. Si pones House en tu casa, la música flota, no se agarra a nada. Su valor está en el baile y en las sustancias que se toman para bailar. Hoy ya no puedo escuchar música con el amplificador puesto al máximo. Antes sentía cosas muy fuertes en los ruidos. Cuando iba a ver un grupo quería que mi cuerpo vibrase con la música. Pero ahora estoy sordo. Cuando la canción llega a su peak, ya no distingo nada. Necesito escuchar música al volumen exacto, si no, no entiendo nada.

¿Por eso cambiaste tus costumbres en relación a las drogas?
En cierta forma sí; este disco estuvo influenciado por un cambio en el consumo. En una época tomaba todo lo que me caía en las manos. Encontraba con mucha facilidad la inspiración, estaba lleno de ideas. Pero era incapaz de aplicarlas. Entonces dejé de tomar todas esas drogas que jugaban con mi cabeza. Podrían haberme ayudado si las hubiera tomado en pequeñas dosis, pero yo tomaba mucho y no me servían de nada. Hoy me conformo con fumar. Para mí, es necesario, es mi válvula de seguridad. Es la única forma que encuentro de desconectar mi cerebro. De ahí seguramente venga nuestra fama de perezosos,

La pereza no es entonces un valor…
No, de hecho, me enoja mucho. Por ejemplo, me parece una completa idiotez que estemos acá, en la casa de mi hermana cuando podríamos estar tranquilamente en la mía. Pero mi casa es un caos total, todo está roto, sucio, tirado por todas partes. Me enerva. Mi departamento es frío e incómodo. Pero prefiero eso a ordenar. Me fumo un porro y me tiro a ver la tele. Es una horrible falta de motivación. Tengo ganas de muchas cosas, pero no tengo suficientes ganas como para hacerlas… La única forma de concentrarme totalmente con la música es no haciendo nada más. No puedo obsesionarme más que con una cosa a la vez, me toma todo el tiempo, la energía y la concentración. 

¿Piensas que My Bloody Valentine merece tanta atención?
En cierta forma, fuimos sobreestimados. La prensa Inglesa sobreestima a todo el mundo, nosotros lo sabemos, y crecimos con eso. La gente que nos sigue espera demasiado de Loveless, quieren una obra maestra. Pet Sounds… eso si fue verdaderamente innovador. Loveless no juega en la categoría ni merece tanta atención. Quizás algún día hagamos un álbum así de importante, pero hoy en día nosotros todavía estamos en la fase de hacer discos sin una razón precisa. Evolucionamos en el mundo ordinario. No tenemos una razón para existir, hacemos una música que justifica nuestra presencia en la tierra. Al contrario de muchos grupos, merecemos y nos ganamos el derecho de vivir.



miércoles, 11 de marzo de 2015

Archivos en fuga: Entrevista a Jack White


Jack White
Entrevista Los Inrockuptibles
Publicada en Mayo del 2005
Por: JD Beauvallet

Una buena imagen, canciones incendiarias y excesos de watts. Lejos de las modas, la forma base de The White Stripes convirtió al dúo en el mejor ejemplo de cómo ser retro sin perder el honor, el glamour ni el espíritu aventurero. Antes de su primera visita a la Argentina, Jack White adelantaba cómo serian los conciertos del dúo, anticipaba la salida de Get Behind Me Satan, mientras exhibía sus obsesiones y revolvía el pasado.
Jack White: Este año no paramos, venimos de hacer shows muy intensos. Apenas terminamos la última gira me planteé la idea de parar un poco para descansar; después de tres años de dedicación absoluta al grupo, tengo la sensación de no haber hecho otra cosa que ser un miembro de los White Stripes… El año pasado apenas pude hacer una pausa muy breve para producir Van Lear Rose, el disco de Loretta Lynn.
El grupo está en su mejor momento: ya es un clásico, vende muchos discos, sus conciertos se llenan, la prensa los elogia…
Sí, pero eso es lo que menos me preocupa. Nunca pensé: “Nos está yendo bien, no nos conviene parar justo ahora”. El verdadero problema es que la inspiración me persigue todo el tiempo. Y no puedo cerrarle la puerta en la cara, me es imposible dejar de componer, es algo que me absorbe y me desborda. Es una urgencia, una necesidad, no tengo ningún control sobre lo que pasa dentro de mi cabeza…
Los conciertos de White Stripes son muy físicos, sus giras interminables, y hace tres años que no paran. Encima, el mes que viene sale el nuevo disco. ¿No te preocupa tu salud?
Sí, un poco. Pero parece que todavía tengo mucha energía en stock. El año pasado me hice varios chequeos, y me dieron todos bien. Consulté a dos o tres médicos, y todos se mostraron igual de asombrados: fumo mi paquete de cigarrillos por día y, sin embargo, no me detectan nada. “Es milagroso” me dicen, “Pero su estado de salud es excelente” (risas).
Muchos habrían delegado la realización de un DVD, o pospuesto la grabación de un nuevo trabajo…
Necesito hacerlo todo yo mismo. En ese sentido soy muy estricto, y un poco omnipotente. Jamás voy a delegar nada a mi compañía discográfica porque cada pequeña decisión que involucre a los White Stripes me pertenece. Ojo, una vez que confió en alguien, sé muy bien como darle carta franca. Con Michael Gondry, por ejemplo, que es quien hace todos nuestros videos, las cosas se dieron bien de entrada. Nos tenemos una confianza mutua, en nuestras primeras conversaciones sentía que me estaba leyendo el pensamiento… Además ¿Con qué derecho podría inmiscuirme en la realización de nuestros clips cuando podemos trabajar con un tipo tan talentoso? Sí él quisiera dirigir todos los videos de White Stripes de acá en más, lo firmo ya mismo.
Tienes fama de cascarrabias…
Ya sé, pero juro que no es tan así. Por favor, acabemos con el mito: cuando tengo confianza absoluta en alguien, soy capaz de bajar la guardia. En serio, no soy un monstruo (risas). Sé que muchas veces lo parezco, pero no lo soy.
¿Qué pensaste de ti mismo sobre el escenario cuando te viste en el DVD?
Lo primero que se me ocurrió fue que ése no era yo sino un personaje que intento dirigir como si fuera un títere. Me enojé dos o tres veces, estaba furioso con lo que ese payaso de Jack White hacía en la pantalla. La guitarra descordada, los efectos apretados fuera de tiempo, los movimientos torpes… Para la pobre Meg fue peor todavía porque en la batería, el menor de los errores se nota enseguida, incluso más que en la guitarra. Honestamente, cuando vi las imágenes me dije: “¿Cómo esto puede interesarle a alguien?”. Nos veía aburridos y chatos. Al final logré entusiasmarme gracias a las canciones, más allá de la interpretación. Siempre fui muy crítico con el grupo; hace años que miro videos y escucho los conciertos de los White Stripes para ver qué falta, y siempre llego a la misma conclusión: hay que ir a lo más simple, a la depuración. Todos los grupos se preguntan qué es lo que deberían agregarle a sus shows: cuerdas, luces, pantallas… Yo busco sacar.
¿Qué aprendes de ti mismo viéndote?
Que tengo miedo de dirigirme al público. Y aunque es una situación que en principio no debería molestarme demasiado, genera que muchas veces me tomen por un tipo antipático, cuando en la vida cotidiana suelo ser más abierto y amable. En el escenario tengo pánico de todo menos de tocar. Un mensaje para los que nos vayan a ver dentro de poco: no soy un monstruo, solo soy un poco miedoso… (Risas). También me pasa que vi demasiados conciertos en los que el cantante de una banda se siente obligado a hacer una estupidez para llenar un silencio. Y eso queda mal porque rompe el clima del show. En mi caso, decir algún chiste y que nadie se ría, por ejemplo, quebraría toda mi concentración. No quisiera pasar por ese momento para nada. También reconozco que mi aspecto es un poco intimidante: cuando tocamos estoy tan poseído por las canciones que me olvido hasta de sonreír.

Vienes de filmar con Jim Jarmusch (Coffee & Cigarettes) y con Anthony Minghella (Cold Mountain). ¿Qué es lo que te atrajo a convertirte en la “criatura” de un director de cine?
Esa “pasividad” que te da ser un simple colaborador fue como tomarme unas vacaciones lejos de Jack White. Trabajar así me alivio bastante, está bueno no ser el que toma todas las decisiones. Con Jarmusch nos entendimos enseguida, pero lo de Cold Mountain fue más complicado porque nuestras expectativas no eran las mismas. Discutimos sobre la banda de sonido y nunca pudimos ponernos de acuerdo del todo. De todas maneras, si bien la situación fue algo tensa, sirvió para reafirmar uno de mis principios más básicos: nadie nunca va a producir un álbum de The White Stripes. Jamás. Un productor no entendería ni compartiría mi background: siempre seré el mejor para decidir qué es bueno para mí y qué no. Ahí apareció el monstruo de nuevo (risas).
¿Te imaginas como director de cine?
Es un sueño que tengo desde chico. Es más, cuando era adolescente intenté dar mis primeros pasos en cine: empecé como asistente de muchos rodajes de publicidades en Detroit. Pero enseguida me di cuenta de que, en esa industria, hasta la idea más intrascendente debe pasar por las manos de decenas de personas para ser filtrada o diluida. En cine es muy difícil que una idea pueda permanecer pura: siempre sale mutilada. Hacer una gran película requiere mucho esfuerzo y valentía porque hay que ser muy resistente, tolerar miles de opiniones, soportar miles de egos…
¿Quiénes eran tus héroes cuando soñabas con ser director?
Orson Welles y Stanley Kubrick. Y Fritz Lang, aunque más que nada por su fotografía. Las películas de Welles me daban la impresión de estar vivo… Hoy me paso la vida alquilando películas viejas. En las giras compro toneladas de DVDs que después me olvido en los micros o en los hoteles. Debe haber gente que se está armando unas videotecas buenisimas con mi dinero (risas). Veo muy pocos estrenos -casi no tengo tiempo para ir al cine-, pero hace poco vi Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y me encantó. También me gustó mucho Napoleon Dynamite, de Jared Hess; me hizo acordar de mis años de colegio.
¿Compras DVDs de música?
Nunca. El único que tengo es una compilación pirata de todas las apariciones de los Stones en la televisión Inglesa durante los sesenta. Ah, y uno de Beck que anda dando vueltas por casa. Antes de ponernos a trabajar en Under the Blackpool Nights, uno de los pocos conciertos filmados que vi y que me fascinó fue The Last Waltz (Scorsese). Me gustó tanto que se convirtió en mi única referencia del género; quería intentar capturar esa clase de pasión… En realidad, no sabía del todo qué quería, pero tenía muy claro que no me interesaba para nada hacer uno de esos rodajes baratos que graba MTV. La idea era que no se perdiera nuestra pasión, nuestra energía, ni nuestros defectos. No quería pegar ni adulterar nada: detesto esa manía de los canales de música de tenerle tanto miedo a los accidentes del vivo. En ese sentido, la elección del formato fue intencional: rodar en fílmico, con seis cámaras de Super 8 y de 16 milímetros impedía de movida caer en esa tentación
En el DVD hay una versión de “Jolene”, de Dolly Parton, que es una canción de amor… ¿Tu visión del amor es así de absoluta?
Soy muy romántico, sí. Y una canción como “Jolene” me hace llorar cada vez que la escucho. No estoy hecho para resistir dignamente a los sentimientos demasiado fuertes: para mí, la ausencia es un tema muy movilizador. Pensándolo bien, debe ser ese sentimiento de pérdida lo que me toca tanto del blues. Y “Jolene”, a su manera, es una canción de Blues.
En los conciertos de los White Stripes, “Seven Nation Army” llega al final, como si para ustedes se hubiera vuelto una carga…
La tocamos tarde porque tiene la función de ser el postre, el helado después de una buena comida. Hace poco, un amigo me decía que en nuestro show del Festival de Reading, la gente esperaba tanto que la tocaramos que cuando empezamos a hacerlo casi explota todo. Lo bueno es que la expectativa que genera obliga al público a permanecer concentrado hasta ese momento. Jugamos con sus nervios.
Más allá de los shows, fue el tema que los lanzó a la fama mundial…
Sí, ese es su lado malo.
¿Te molesta haberte vuelto tan famoso?
No, no me quejo. Pero debo admitir que no estaba preparado para la persecución de los medios ni para esa clase de estupideces que te pasan cuando haces un hit muy grande. En general, la prensa no entiende que las alfombras rojas, los estrenos y las cenas multitudinarias me importan un carajo.

¿Esperabas que “Seven Nation Army” tuviera tanto éxito entre los DJs? Muchos cierran sus sets con esa canción.
Es algo que no deja de sorprenderme. Escuché muchos remixes de “Seven Nation Army” hechos por algunos piratas que nos roban sin vergüenza, pero las versiones electrónicas de mis temas no me interesan para nada. Cuando la escribí me gustaba su costado tribal, estaba pensada para que la gente chasqueara los dedos dentro del auto. ¡Pero nunca nos imaginamos que alguien pudiera bailarla! Para mí, la música bailable murió en los setenta. Desde que se volvió sintética y perdió su alma en los meandros de las computadoras no me atrae para nada.


En pocos años te convertiste en un “chico póster”. ¿Tenías fotos de tus ídolos en tu cuarto?

Es la revancha por todos esos años en los que me decían que era feo… (risas). Nunca tuve pósters, eso era cosa de mis hermanos, que los pegaban en sus cuartos y en el altillo de casa: fotos de Pete Townsend, Jimmy Page, Ritchie Blackmoore… A fines de los ochenta, cuando tuve la edad para comprar pósters de estrellas de rock, ya habían pasado de moda: solo existían afiches de Madonna. Así que me quedé con los de mis hermanos.
¿Te reconoces cuando ves fotos tuyas de esa época?
No, cambié por lo menos treinta veces. Estoy tan lejos de ese niño que era… El otro día, con mis hermanos estuvimos mirando fotos viejas de la familia y todo nos parecía irreal. No me acordaba de que el barrio era tan lamentable, la casa tan chica, el vecindario tan pobre…
Se dice que cuidas mucho tu dinero. ¿Eso puede estar relacionado con tu pasado no tan relajado en lo económico?
Es que no teníamos opción: éramos diez hermanos y había que ajustarse en todo, y en mi casa me enseñaron a valorar el dinero. La mayoría de los grupos de rock vienen de ambientes más cómodos y no les importa tirar la plata por la ventana. Yo no puedo. The White Stripes se va de gira con un equipo reducido, y sé perfectamente el dinero que merece cada uno, incluido los grupos teloneros. Haber sido tan pobre me enseñó a ser precavido, es cierto, pero también me convirtió en alguien generoso. De todas formas, muchas veces no sé qué hacer con tanto dinero porque nunca fui materialista: la escasez me impidió soñar con autos lujosos y casas enormes… Ni siquiera me compré guitarras cuando me volví rico, todavía toco con las únicas dos que tuve siempre. Fui muy pobre y ahora soy muy rico, pero no soy ni más ni menos feliz que antes. Además, no quiero malacostumbrarme porque algún día me puedo volver a quedar sin nada. Lo único bueno de tener plata es que te da libertad. Ahora nadie me dice lo que tengo que hacer.

¿Qué más aprendiste en ese barrio?
A caminar con la frente bien alta, incluso cuando todo el mundo te rechaza. En mi colegio a nadie le gustaba el rock ‘n’ roll y se burlaban de mí porque no escuchaba hip hop ni usaba ropa Adidas… Ese ambiente me enseñó a desarrollar una personalidad propia en un medio hostil y a estar orgulloso de mi mismo en las situaciones más humillantes. El único refugio que tenía eran mis discos, solo me interesaba la música.
¿Cómo vive el éxito tu familia?
Son felices, adoran la música tanto como yo. Hace poco pude cumplir el sueño de mi hermano mayor, que era conocer a Jeff Beck, uno de sus ídolos: terminaron tocando juntos durante toda una noche. Pero la realidad es que cuando era chico, ellos nunca me ayudaron en nada. Es más, hicieron todo lo posible para desalentarme. Cuando le suplicaba a mi hermano mayor que me enseñara a tocar la guitarra, me mandaba a cagar: “A mí nadie me enseñó, arreglatelas solo…”. Y no solo nunca tuve el menor apoyo sino que cuando me regalaban algo me hacían sentir culpable diciendome el precio que había costado y los sacrificios que habían hecho para comprarlo. El problema es que me generaron tantos complejos que incluso hoy en día, cuando me regalan algo o me elogian demasiado, me siento culpable enseguida. Mi mayor conflicto es que no sé recibir. Como corresponde a todo monstruo… (risas).




jueves, 5 de marzo de 2015

Archivos en fuga: Entrevista a Pj Harvey


PJ Harvey

Entrevista Los Inrockuptibles
Publicada en noviembre del 1998
Por: Richard Robert


Los tiempos de rabia e intensidad musical parecían quedar atrás para quien había hecho discos tan viscerales como Dry y Rid of Me. Y bajando un par de cambios aparecía Is This Desire?, cuarto álbum en el que se toma el tiempo necesario para reflexionar y mirar a su alrededor con mayor serenidad. Esta entrevista revela aquellos momentos, o de cómo una chica intempestiva encontraba la paz.

Cuando debutaste con el disco Dry, todos te consideraban una persona muy decidida, muy solida. ¿Era realmente así?
No sabía muy bien lo que hacía… Siempre tuve mucha voluntad. Cuando decidía hacer algo, iba hasta el final. Era una época en la que creía que tenía razón en todo. No podía ver más que una sola manera de hacer las cosas: la mía. Ahora me siento mucho más abierta. Cuando veo una foto mía de la época de Dry, tengo ganas de decir “¡Ábrete un poco y diviértete, querida, no seas tan seria!”. Sigo tomándome las cosas de una manera muy intensa, pero trato de ponerlas en perspectiva. Necesité bastantes años para empezar a reírme, a relajarme. Era una carrera permanente contra el tiempo: siempre estaba pensando en la próxima etapa, nunca estaba ahí, no me tomaba el trabajo de disfrutar de cada momento. A veces pienso que no supe aprovechar esa época. Eso me pone un poco triste, siento que me perdí un montón de oportunidades, un montón de caminos que no exploré… De alguna manera, siento que actualmente estoy viviendo mis dieciochos o mis veinte años: a penas estoy empezando a despertarme, a profundizar mis elecciones, a explotar. Interiormente, me siento como una niña. Como si descubriera todo por primera vez.

Al escuchar Is This Desire?, se percibe que hoy estás más concentrada en el trabajo musical, y no solamente en la expresión pura.
En la época de Dry sentía una ebullición interior tan grande que mi único deseo era que eso saliera, que brotara de mí. Las canciones provenían entonces, directamente de ese flujo y de esa necesidad imperiosa de expulsarlo. En cierta forma, no tenía que trabajar ni que modelar la música: surgía como un torrente que me parecía inútil canalizar. Cuando escucho estas primeras grabaciones, me parecen a la vez repletas de energía y atormentadas por la furia. Ahora tengo más ganas de explorar. Para mí, hoy en día, triturar, trabajar una música es como buscar un terreno ideal, un marco dentro del cual poder expresar de la mejor manera posible lo que siento. Invertí el proceso. Pienso mucho más las cosas –lo que no quiere decir que vaya a ocultar mis violencias, mis turbulencias, mis preguntas: sencillamente, quiero tocarlas lo más cerca posible-. No ceder sistemáticamente a la urgencia, a la verdad a veces ilusoria del primer impulso. Quiero estar lo más cerca posible de todo lo que puedo encontrar en esta tierra: gente, sentimientos, lugares. Envejecí: fatalmente, eso te vuelve más inteligente.

¿Tu nuevo disco rescata este crecimiento?
La semana después de que terminamos Is This Desire?, me sentí realmente feliz. Fue bastante anormal para mí: siempre me sentí muy incómoda y muy crítica después de grabar un disco. Este álbum tuvo un periodo de maduración muy largo… Escribí todas esas canciones en casa, cuatro canales, durante el 96. A principios del 97 entramos al estudio: después de seis semanas ya estaba todo grabado. Estaba previsto que en ese momento íbamos a hacer una pequeña pausa, antes de empezar con la mezcla. Pero ese simple break se terminó transformando poco a poco en un año de interrupción. 

¿Qué explicación le das a eso ahora?
Emocionalmente, fue un periodo un poco difícil. Como si no estuviera lo suficientemente ubicada interiormente como para dedicarme realmente a esas canciones. Así que las dejé reposar un tiempo. Me dediqué a hacer algunas colaboraciones –principalmente con Tricky y con Pascal Comelado- y a la película de Hal Hartley. Recién volví al estudio en mayo pasado, para grabar cosas nuevas y mezclar. Al final fueron necesarios dos años y medio para terminar todo. Y sin duda es por eso que estas canciones, finalmente, se me parecen tanto, y expresan con exactitud lo que siento y lo que soy. Tomar distancia era algo bastante nuevo para mí y me resultó muy placentero. Cuando terminas de grabar una canción, no puedes escuchar realmente lo que quiere decir: no estás en el estado adecuado, hay que desconectarse un rato, ir a ver lo que pasa afuera. 

Por el contrario, en el pasado, buscabas ante todo expresarte con urgencia. Sin haber perdido tu intensidad, tu relación con la música hoy en día parece muy serena.
Cuando empecé, quería grabar lo más rápido posible. No quería quedarme más de dos semanas en un estudio. Mi filosofía sencillamente fue cambiando al envejecer, frené el ritmo. Quizás mi próximo disco no salga hasta dentro de diez años… A medida que vas creciendo, quieres darles a las cosas su justo valor. Elegir lo más importante. Uno está más atento a lo que quiere que a lo que no quiere. Cuando eres más joven, no sabes diferenciar, todo es más borroso, más desordenado. Así que pruebas todo, lo más rápido que puedes. También tengo la suerte de estar actualmente un poco más estable: alcancé el nivel de popularidad suficiente como para que mi sello discográfico no me imponga el ritmo disco-gira. Ese tipo de rutina no ayuda a crear. No tengo que ponerme a escribir cuando no tengo nada que decir, ni que conformarme con cualquier proyecto.

¿Aprendiste mucho de la música?
La música es todo para mí: mi manera de funcionar, de sentir. Es un medio de expresión a través del cual puedo tratar de comprender lo que me rodea. De alguna manera, me permite articular las cosas, es mi lenguaje principal. Mi relación con la música es cotidiana. Siempre tengo la sensación de estar escuchando, de tener ideas: nunca abandono mi espíritu ni mi corazón. La música llega en todo momento hasta mí, esté lavando los platos o paseando. Un montón de música, de ideas, de palabras… la belleza de las palabras nunca termina de fascinarme. El modo en que se las puede juntar para superar las apariencias, desenmascarar la realidad, invertir los puntos de vista. Puedo pasarme horas jugando con palabras.

Después de To Bring You My Love, hace tres años, decías que te sentías más serena. Hasta tal punto que te preguntabas si ibas a recuperar nuevamente la inspiración, si no lo habías dicho todo.
La sola idea de haber dicho algo tan terrible me da escalofríos… porque siempre me siento en vísperas de nuevos descubrimientos. En Is This Desire? Hay tantas cosas que no había explorado antes… basta tomar las letras. En mi vida cotidiana pase por nuevas experiencias que me permitieron avanzar en ese terreno. Espero ir mejorando cada día un poco más como letrista. Escribo mucho –poesía, prosa-. Es una actividad cotidiana, casi ininterrumpida. Hace un tiempo me sentía bloqueada, atada. Sencillamente necesitaba vivir algunas cosas antes de poder continuar.


En efecto, desde hace tres años vienes realizando al mismo tiempo muchos proyectos muy diferentes: colaboraciones, cine… ¿Eso significa que la música ya no ocupa el centro de tu vida artística?
Lo descubrí estos últimos años. Me sorprendió la sensación de plenitud que me invadió durante la filmación de la película de Hal Hartley: ser absorbida por un personaje. Era algo muy parecido a mi modo de componer canciones. Fue una gran sorpresa porque no pensaba que una forma de expresión diferente de la escritura y el canto pudiera colmarme. Estoy muy excitada ante la perspectiva de filmar de nuevo. Por supuesto, tengo conciencia de que el cine es una industria de evasión, pero honestamente eso no me escandaliza demasiado. Yo misma, a veces, pierdo un poco de vista la frontera entre lo real y lo imaginario, entre lo que es mi vida y lo que pude haber visto en mis sueños, mientras dormía… ¿Quién puede saber dónde está la realidad? También me dedico a la escultura desde hace varios años. De vez en cuando me pongo a jugar con el material, nada demasiado serio. Hago alguna cosita por año, nada más. Pienso que mi aproximación a la música está demasiado cerca de la escultura como para que puedan coexistir: siempre estructuro y construyo mis canciones puliendo, tratando de volverá  la esencia de las cosas. La música es una hermosa manera de eliminar lo superfluo.


¿Dejaste de lado la dimensión teatral de tus recitales porque el cine colmó tus aspiraciones de actriz?
Seguramente. En el 95 solía tener ganas de acentuar la teatralidad de mis conciertos. Quería probar muchas ropas, maquillajes, movimientos… Creo que me perdí un poco. Antes que nada soy una songwritter, una cantante que toca la guitarra y los teclados. Hoy prefiero concentrarme de nuevo en la música antes que dejarme absorber por el aspecto visual de mi trabajo. Lo que más me importa es cantar lo más correctamente posible. Incluso la guitarra puede volverse un obstáculo: hay que utilizar todo el cuerpo para cantar bien. Por eso pienso alternar a partir de ahora la formula canto-guitarra con canto solo.

¿Esas experiencias alimentan tu música? ¿Estás al tanto de la música, las letras y la poesía de otros artistas?
La mayor parte del tiempo tiendo a aislarme. No escucho demasiada música. No leo los diarios. A decir verdad, me siento bastante desfasada. No sé si es bueno no para escribir. Me contento con mirar algunas películas y principalmente encontrarme con gente. Camino, miro todo, abro los ojos y las orejas –sobre todo al silencio-. Simplemente trato de vivir el momento y de compartir las cosas un poco más. Hace algunos años estaba a menudo muy sola. Pero también en eso las cosas cambiaron mucho.

En este disco te rodeaste de viejos cómplices como John Parish, Mick Harvey, Rob Ellis, Eric Drew Feldman o el productor Flood. ¿Les dejaste las manos más libres?
Absolutamente. Cuando empecé, nunca hubiera permitido que alguien cambiara algo de mis canciones. Nadie tenía derecho a hacer la menor sugerencia. Esta vez, al trabajar con gente que conozco desde hace años, con las que me siento cómoda, bajé la guardia. Todos se sorprendieron al ver cuánto me había suavizado, cuánto más fácil era trabajar conmigo… El resultado es que todos los temas son muy abiertos. Mi manera de componer y de estructurar las cancines no cambio demasiado, pero ahora cuento con maneras muy distintas de interpretarlas. Algunas canciones de Is This Desire? Se transformaron completamente durante la última semana de grabación. Hubo algunos “accidentes” que dieron lugar a cosas sorprendentes. Estoy muy excitada ante la idea de interpretar en vivo un material tan maleable como este, que puede cambiar de un día para otro.

En el disco hay un trabajo de producción increíble: ese interés por el tratamiento sonoro parece nuevo en ti…
Jugué con los sonidos como nunca lo había hecho. No conozco demasiado el modo de funcionar de una consola. Así que simplemente me puse a mover perillas, a desviar los sonidos en determinadas direcciones: en suma, me divertí mucho. Esa curiosidad por el sonido surgió también de nuevos hábitos de composición: hice muchas más canciones con los teclados que con la guitarra. Pero nunca me gustaron los sonidos de teclado demasiado limpio. Para evitarlos, tuve que distorsionarlos. En este disco hay sonidos bastante pesados, con bases saturadas, temas muy duros. También hay climas mucho más estéreos, canciones que despegan, impermeables. Tenía ganas de realizar este tipo de asociación, esto es bastante nuevo para mí. Quería que hubiera mucha más… belleza, cosas más etéreas, suspendidas, inasibles. Como signos de pregunta. Para mí, todas las canciones del disco terminan en signos de pregunta, igual que el título.

¿El título del disco (Is This Desire?) es una pregunta angustiada?
No, ya no. Acepté que la vida puede resumirse en preguntas cuya respuesta uno no necesariamente conoce; eso me impulsa a seguir explorando. Y esas exploraciones me dan muchísimo placer. Me volví muy humilde. Ya no tengo más respuestas hechas. Antes mi actitud estaba más dictada por el miedo. Estaba asustada, a la defensiva. Era incapaz de interpretar mis emociones, de entender por qué me despellejaba de esa manera. Creía que estaba loca y me preguntaba si los demás sentirían las mismas cosas. Encaraba todo de frente… Cuando me volví música profesional, no entendí mucho más. Me resultaba muy incómodo que me trataran como si fuera una chica sólida y una artista realizada. Porque no era así. Esa distorsión entre la imagen que proyectaba y la persona que era me resultaba terrorífica. Pero por nada del mundo cambiaría el recorrido que seguí. Necesitaba pasar por esas etapas. Ahora estoy mucho menos enojada que antes. Es mucho menos cansador… Ahora prefiero entregarme en la búsqueda de placer. Y también a la risa, que es una de las cosas más extraordinarias que conozco.

¿Es ingenuo pensar que tu personalidad cambio desde que volviste a instalarte en el campo?
Mi personalidad está íntimamente conectada con el campo, con los paisajes, con la vida de acá: todo viene de aquí. También mi modo de componer. Nací aquí. Traté de vivir muchas veces en ciudades. Y sencillamente no es ahí donde mi espíritu quiere estar. Después de un tiempo, empiezo a sentirme fatalmente vacía y tengo que regresar al campo. Tengo una necesidad espiritual de naturaleza, de espacios abiertos. El campo colorea todo lo que hago, vivo y siento.


En tus letras nuevas hay muchas referencias a la naturaleza y a los elementos que antes.
Ahora admito sin ningún temor que soy una mujer profundamente enraizada en el campo. Al principio, sencillamente no quería aceptarlo, me parecía una debilidad; pero no era una debilidad: era mi vida. Paso gran cantidad de tiempo caminando por la naturaleza, sintiendo las cosas. Aunque recientemente me di cuenta de que también podía sentir cosas muy fuertes en una ciudad. Fue en Nueva York: la caída del sol sobre Hudson era magnifica, los edificios parecían árboles gigantescos. Fue muy inspirador. Para mí, era algo nuevo encontrar paz en un lugar como ese. Eso tal vez resuma bien mi cambio: mis ojos se abren más a las bellezas que me rodean. 

¿Te sientes más cerca de la gente que vive en tu región?
Sí, acá hay mucha gente que me conoce desde hace años. Me toman tal como soy, y eso me gusta mucho. Acá encontré un amplio círculo de amigos, y mucho apoyo. Es gracioso porque la mayor parte de mis amigas y colaboradores también viven en el campo… Rob Ellis vive en un pueblo muy cerca de acá, John Parish vive en Bristol, que es como un gran pueblo… En cuanto a Mick Harvey, desde hace varios años es un gran apoyo. Puedo dirigirme a ellos en cualquier momento, y no solo por cuestiones musicales. Son muy sólidos. Además, como músicos, tenemos muchas cosas en común. Es evidente que no toco con ellos o con Pascal Comelade al azar.

Tu voz nunca pareció tan libre como en Is This Desire?...
Antes no tenía la menor idea de que un simple movimiento de labios podría dar vuelta todo. Se puede cantar también partiendo de lugares distintos en la cabeza, o tomar la voz de diferentes personas… Gracias a esos ejercicios aparentemente ultra técnicos y un poco fastidiosos, fui mucho más allá de todo lo que había podido explorar por mi cuenta. En To Bring You My Love todavía estaba atrapada en un juego de roles que rozaban lo artificial. Como si hubiera invitado a diferentes personajes a venir a cantar cada tema. En el disco nuevo, y también en “Love Too Soon” (la canción grabada con Pascal Comelade), me permití ser simplemente Polly: sin dudas por eso mi voz está más distendida, sin que se vea reducida a acrobacias técnicas.

Entre tus músicos favoritos hay muy pocas mujeres…
Es cierto que, generalmente, ningún nombre de mujer me viene a la memoria… A la hora de trabajar, también prefiero la compañía de los hombres. Muchos de mis amigos íntimos son hombres. Tal vez gracias a ese entorno tengo la sensación de ser más sólida. En el pueblo donde crecí había muchos muchachos, era entonces natural que jugara y pasara el tiempo con ellos. Muy pronto me convertí en un verdadero hombrecito: pelo corto, pantalones. Más tarde, nunca me sentí implicada en las discusiones y problemas “de mujeres”. Por el contrario, codearme con los hombres me permitió escribir algunas letras que adoptaban un punto de vista masculino –eso fue embarazoso para más de uno-. Más allá de esto, siempre me pareció muy agradable y muy fácil ser una mujer. Nunca tuve el menor problema en mi trayectoria musical. Incluso pienso que fue una ventaja en más de un sentido, siempre conseguí lo que quería del sello discográfico y del grupo.

Paradójicamente, en tus nuevas letras usas mucho más “él” o “ella” que “yo”
Seguramente porque en estos últimos años me sentí muy… dispersa como persona. Como cantante, me siento más íntegra, pero mi personalidad está llena de facetas diferentes. Las que aparecen en Is This Desire? Me representan mucho mejor que las de pasado al margen de esto, no hay que exagerar el carácter autobiográfico de las letras. Trato de pintar emociones o episodios que cualquiera pudo haber experimentado. Además, acepto las eventuales contradicciones de mi escritura. La mayor parte de la gente tiene: ¿Por qué tendría que estar hecha de un solo bloque?